Cae una lluvia mansa sobre el rancho.

Ha llovido durante toda la mañana; llueve en la tarde; lloverá quizá en la noche.

Dibuja el agua su caligrafía en la ventana, y el gluglú de las gárgolas parece recitación monótona de tablas de multiplicar.

Veo sobre el muro de adobe unos chileros que vuelven a todas partes la cabecilla inquieta. Acaso se preguntan si nunca habrá ya cielo.

Esta lluvia de agosto no es de agosto.

Por eso no la reconocen ni la casa ni los pájaros.

En agosto esta lluvia sería la misma de cada año, pero hoy es lluvia extraña.

¿Por qué nos llega ahora, que es tan temprano para llover?

Si la tierra supiera preguntar, preguntaría.

Pero la tierra no sabe hacer preguntas; sabe únicamente contestar.

Yo me pregunto qué ha cambiado, si las montañas o las nubes.

Todo es tan movedizo... No hallo contestación a mi pregunta.

Sigo entonces oyendo la melopea de las gárgolas, y siento la misma inquietud de los chileros.